Skip to main content
Home

Gerardo Della Paolera: "Educar a la ciudadanía desde la primera infancia es difícil... más fácil es hacer autopistas"

“¿Por dónde le entrás al 30% de pobreza estructural?”, dice haciendo montoncitos con los dedos. Al economista Gerardo Della Paolera, fundador y ex rector de la Universidad Di Tella, actual director ejecutivo de la Fundación Bunge y Born, le gusta el dato duro. La crítica mezclada con ironías realzan su estilo, a veces engalanado por sueltitos en inglés. Es considerado un influyente economista, de esos que cuando les ofrecen cargos en política dicen que no. Vivió afuera (en India, en Estados Unidos) y volvió en 2013. En sus comparaciones Argentina es guatepeor. Y en la charla, sobre Educación (“un monstruo”), apuntará a la pobreza. “¡Ya están handicapeados desde el vamos!”, se indigna.

 

-Se dice que la educación argentina decayó. ¿En qué medida es así?

-Para los primeros inmigrantes la educación era esencial, y la demanda de educarse, feroz. Las maestras entraban al mercado laboral desde una clase media sólida. Esto cambió con el aumento de la pobreza. A medida que Argentina se fue pauperizando, el maestro se fue proletarizando, no en el sentido estigmatizante sino en el sentido técnico. ¿Cómo hacés para tener un body language (lenguaje corporal) de optimismo frente a los chicos sin sacar afuera tus carencias?

-¿Qué responsabilidad tienen de esto la ciudadanía y la clase política?

-En la población veo autismo, conformismo, anomia. Digo “a mis hijos les va bien, pero la educación es un desastre”. Para mi padre era casi un delito que faltara a la escuela. Hoy hay un finde sándwich y los pibes faltan toda la semana. El deterioro de la educación refleja el deterioro social. Y se impone la idea de que con educarte no necesariamente vas a progresar. Es cierto que el gobierno anterior -y el actual aún más- tomaron primera infancia como guía. Pero no veo una política de Estado consistente.

-¿Por qué pasa esto?

-Para el político, su horizonte… bueno, no ve los resultados en su gestión. Cambiar la cabeza de los ciudadanos educando desde bebés es complejo. Más fácil es hacer autopistas. Hacerle entender a la sociedad es un sacrificio. Es que acá la economía y la sociedad son como un queso gruyère: tenés agujeros por todos lados. Pareciera que la educación no fuera algo concreto; son como “gases”. Al ciudadano le cuesta percibirla y al político, más. Sí creo que (la ministra de Desarrollo Social) Carolina Stanley tiene una visión profunda de primera infancia. Veremos si encuentra la porosidad para convencer al Gobierno.

-Mencionó un sacrificio. ¿Cuál es?

-Una revolución sarmientina: instalar primera infancia y entender que de ahí viene todo lo demás. En sectores pobres está probado que si agarrás a la persona desde que nace hasta los tres años, e intervenís, podés hacer una gran diferencia. Si el chico llega con mejores niveles de autoestima, paciencia, habilidades socioemocionales y cognitivas, como las matemáticas o las artes, y cariño, tendrá otro futuro, aun cuando luego esté en una situación árida. Hoy, un bebé con padres que carecen de estas habilidades queda absolutamente handicapeado en sus capitales financiero, físico y humano. El Estado tiene que invertir en espacios y educadores especiales de primera infancia.

-Las distintas “recetas económicas”, ¿contemplan esta necesidad?

-A los economistas que quieren refinar la calidad del gasto público se los tilda con la maldita palabra “ajuste”. Por eso desde ningún espectro ideológico se quiere hablar de gasto o de reforma estructural del Estado. El premio Nobel James Heckman, sin embargo, calculó la tasa de retorno social de invertir en primera infancia: es del 11% anual. Enorme. La tasa de retorno histórica de Wall Street es del 5%. Rinde mucho más educar al soberano que comprar acciones.

-¿Pero usted ve alguna virtud en nuestro sistema educativo actual?

-En varias provincias la escuela condensa el tejido social. Yo soy liberal, en el sentido clásico, y nada nacionalista, pero ahí izan la bandera con orgullo. Acá estamos progres con las bicisendas y eso, y tal vez perdimos esos valores, pero ahí son una glue, una plasticola. Y la Primaria está mucho mejor que la catástrofe que es nuestra Secundaria.

-Pero cada provincia es un mundo…

Sí. Yo me opuse a la reforma de Menem de ceder la educación a las provincias. Siendo rector de la Di Tella discutí con Susana Decibe y con Jorge Rodríguez, entonces ministro de Educación. Les decía: mientras más alta es la tasa de retorno social de un bien público, mayor responsabilidad tiene la República. Por el peso de aprender a leer y escribir, la tasa de retorno de Primaria es mayor que las de la Secundaria y la universidad.

-¿Tenemos el sistema invertido?

-Totalmente. La Primaria está desatendida y subsidiás una universidad de cualquier provincia. ¿Por qué? ¡Que les metan un impuesto a los ricos de la zona! Es sólo un ejemplo, pero todo se hizo al revés. Creo que el tiempo me dio la razón. Al bajar la calidad, creció la segmentación social.

-¿Habría que desandar ese camino?

-Es tarde. Ya hay muchos intereses. Le diste potestad a las provincias y acá todo se vuelve factor de poder.

-Ahora critican la formación docente

Hay que capacitarse, sí. El tema es en qué. Dicen “poner universidades y eliminar los institutos”. Pero si preguntás qué van a enseñar, con qué paradigma, se quedan en el power point. Para hacer una revolución educativa tenés que sentarte y ulcerarte dos años con equipos idóneos. Si la jurisdicción de la Primaria fuera nacional, la señal de un presidente, si su tema fuera la educación, sería mantener el mismo ministro ocho años. Lo evaluás cada año, pero dejás que haga un cambio. Cuando veo que los empiezan a rotar, como estamos en la era de la postverdad, ya no sé qué creer. Hay mucho marketing.

 

POR IRENE HARTMANN

Ver nota completa aquí